Los Siete Amantes de Caroline
Harry, de buena familia, acostumbrado a lo mejor, se quedó admirado a entrar a ese lugar decorado con primor, bien conservado, donde se notaba no haber escatimado gastos. Muebles, pinturas, lámparas, los acabados eran de un gusto refinado. Se podía respirar dinero, casta, aroma de buen vivir.
- Ahora me explico por qué nos han despojado de las minas Shelton - pensó.
Cuando llegaron a la alcoba:
- Está usted en su casa - le dijo la Nana.- Saldré en unos minutos, pero usted puede llamar a la servidumbre utilizando este timbre. Harry, al quedarse solo, arrojó a un lado su maletín, se quitó los zapatos, luego la ropa antes de correr desnudo a tomar una ducha.

El litoral frente al cual estaba la isla y la totalidad de esa área marítima, en ciertas épocas del año sufría marcados cambios climatológicos desencadenados por masas de aire que como seres violentos creaban frentes atmosféricos capaces de engendrar perturbaciones con zonas de conflicto, en ocasiones acentuadas, de consecuencias imprevisibles. Ocho lustros antes, uno de esos fenómenos había causado serios estragos. Todavía se guardaban los ingratos recuerdos de aquella desgracia cuando la isla, más expuesta que el área continental, había sido alcanzada por grandes olas mientras era azotada por vientos huracanados superiores a ciento veinte kilómetros por hora. En aquella fatídica oportunidad habían sufrido cuantiosos daños, pérdidas humanas entre muertos, desaparecidos, aparte de cientos de heridos más algunos inválidos para siempre.
Igual que entonces, pero con mayor exactitud en los pronósticos, se anunciaba la formación de un temporal que comenzaría a dejarse sentir durante las siguientes veinticuatro horas. Los vientos irían aumentando de velocidad, espesas nubes cubrirían la zona, caerían violentas lluvias. Un tanto alarmada por las noticias, Carol llegó a la isla antes del medio día. Había alcanzado a embarcarse en la última nave autorizada, porque a partir de ese momento quedarían cerradas las operaciones. Los viajes aéreos en pequeños equipos y helicópteros habían sido cancelados desde temprano.

Al llegar, su rostro se veía fatigado. Durante el trayecto había tomado dos aperitivos. La noche anterior, angustiada por la soledad y el deseo, no había dormido bien, sentía que se desbocaban sus instintos. Ardía...